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La Coctelera
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Amor, basura y libros

Si estás paseando por la plaza de Jacinto Benavente, y vas algo despistado pensando en tus cosas, es posible que de repente choques con alguien, no sería la primera vez que ocurre. ¿Quién es el personaje que se encuentra siempre en medio para irse chocando con la gente? Ni más ni menos, el barrendero de la plaza, escoba en mano.

El entonces alcalde, Alvarez del Manzano, inauguró la estatua el 19 de julio de 2001 como homenaje a los barrenderos encargados de hacer que Madrid intente ser una ciudad más limpia. De hecho, según he leído, la cara y el cuerpo del barrendero pertenecen a Jesús Moreno, uno de los más veteranos barrenderos de la capital. Está hecha de hierro, y como dato curioso comentar que en las dos solapas de la chaqueta lleva grabada la palabra Sol, pero donde debería aparecer la letra o se encuentra el escudo de Madrid.

Su soledad en la plaza es enorme, y sólo se ve rota como ya dije con los choques que va provocando con los peatones despistados, así como con aquellos que se paran un momento para hacerse una foto con él. También los hay que le utilizan para poner sus grafitis, o para colocar pegatinas reivindicativas sobre él. Incluso como remate, creo que hace un tiempo algunos "graciosos" hasta le robaron su cepillo.

Todo esto me ha hecho pensar qué podía hacer yo, como podía compensar en algo su soledad, y ha sido entonces cuando me he acordado de Julia, que también está en una situación similar. Por eso, he decidido juntarlos aquí para ver si entre ellos se consuelan, y quien sabe, quizás hasta surja algo. La estatua de Julia, bastante menos conocida que la de nuestro amigo el barrendero, se encuentra desde el 2003 en la calle del Pez, junto al Palacio Bauer (actual escuela de canto).

El motivo de su existencia fue la noticia que allá por el 1840 circulaba de boca en boca por Madrid, "El extraño caso de la doncella Julia". En un época en la que sólo se permitía ir a los hombres a la Universidad, se descubrió que una mujer, de nombre Julia, acudía a clase disfrazada de chico. Se trataba de la Universidad Central, la que da nombre oficial al barrio, en la calle San Bernardo. Este hecho le sirvió de inspiración al escultor Antonio Santín para crear la escultura "Tras Julia" que representa a una joven apoyada en la pared con varios libros entre los brazos.

Aquí les dejo, y que entre ellos se arreglen como quieran o puedan. !Suerte!

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El espíritu de la golosina canta

Unos 30 años, cara castigada por la viruela, barba de 5 ó 6 días y menos carne que el espíritu de la golosina. Vaqueros desgastados, camiseta de las de mercadillo, chaqueta de chandal y gorra de las de publicidad. Irrumpe en el vagón por sorpresa: "Buenas noches, acabo de quedarme en el paro y no tengo para comer. Si alguien quiere ayudarme con unas monedas o un bocadillo se lo agradecería".

Otro más. Día sí y día también aparecen en el cercanías contando la misma cantinela. Levanto con indiferencia la mirada del libro y descubro con sorpresa que esta vez lleva una guitarra entre las manos. Esto promete.

Empieza a tocar repitiendo machaconamente los mismos acordes, y anuncia: "Voy a ver si les puedo alegrar un poco el trayecto con una canción. Espero no molestarles". El comienzo no es muy prometedor, de su boca sólo salen dos letras: "Pa pa pa pa pa pa pa...". Este no sale por la puerta grande.

De repente comienza con la letra: "Tol mundo va del cuento de yo me lo pago, yo me lo invento y me parese cosa de carajote. Cosa de carajote y por eso he desidio yo quitarme las migas del bigote...". Recorre el vagón de lado a lado para que todos puedan escucharle: "Vino Papá Noel la noche de Noche Buena y me dejo un regalito junto a la candela. Y cuando yo lo ví enseguia lo abrí y ví que era una planta de yerbagüena".

La verdad es que tiene menos voz que un grillo pero el tío le echa ganas y al menos acierta con la entonación; seguro que los Delinquentes no se lo tendrán en cuenta: "Tu solo quieres quererme cuando tu quieras, cuando hueles los naranjos y la sangre se te altera... ". La megafonía anuncia la siguiente estación, es hora de acabar: "Tú solo quieres quererme en primavera, pero yo no soy Pinocho que el corazon tiene de madera".

Aporrea unos segundos más la guitarra y se despide con estas palabras: "Y ahora viene lo mejor de la canción: es cuando me quito la gorra a ver si cae alguna moneda, y si no queréis echar dinero por lo menos regalarme una sonrisa que de esas me caben muchas".

Mira conmigo el tío acertó. Hoy sí se lo ha ganado. Rebusco entre mis bolsillos algo de calderilla y se la echo en la gorra cuando pasa a mi lado. "¡Gracias caballero!". Recorre de nuevo el vagón y comprueba que aún le falta mucho por mejorar, la gente no se estira. En su gorra quedan poco más de dos euros y sólo cuatro o cinco sonrisa. Se despide con un sonoro "Buenas noches señores", abre la puerta que comunica los vagones y se marcha a dar el siguiente concierto.